La adicción de Gustavo.
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Se burló de su familia.
Gustavo Morales asegura ser técnico medio en electricidad industrial. Al comienzo “sacaba buenas calificaciones, pero con las drogas terminé con notas mediocres”, narró muy avergonzado. El dinero que su familia le enviaba desde su ciudad natal, Matagalpa, lo gastaba en “tilas” de cocaína. “Y como no me ajustaba siempre le pedía mucho más diciéndole que necesitaba comprar libros y folletos”. “De pronto me vi en la necesidad de trabajar. Recuerdo que conseguí un pegue (...) cada centavo me lo gasté en cocaína”. En ese momento ya estaba acabado. Al poco tiempo se quedó sin trabajo y se mudó hacia Honduras. Allí también consumió droga hasta más no poder. Su aspecto fue desmejorando. “Cuando no conseguía reales para drogarme, todo el mundo empezaba a caerme mal”, cuenta. En ese país pasó su peor etapa: no comía, ni siquiera tenía para el bus. Entonces regresó a Managua.
Listo a la desición fatal.
Pese a su desgracia, no dejaba de consumir drogas hasta que un día decidió que ya no quería vivir “no estaba haciendo nada en esta vida, era prácticamente una lacra social y cuando me sentí completamente decepcionado y dispuesto a tomar la decisión fatal, marqué un número que había visto por allí y le conté a la muchacha que me contestó lo que quería hacer”. Pero ella lo convenció diciéndole que tenía una última oportunidad. Ese número telefónico era el de la Fundación DIANOVA de Nicaragua. “En DIANOVA encontré apoyo moral, cariño y aprecio. Después de más de un año de estar interno me siento normal”, confesó con cara de alivio y declaro: “La droga es lo peor que te puede pasar en la vida”.